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Cuando en diciembre pasado los detectives en un suburbio de Phoenix arrestaron al trabajador de un almacén en una investigación de homicidio, reconocieron que la solución del caso se produjo gracias al uso de una nueva técnica, después de que otras pistas no llevaron a nada.

La policía le dijo al sospechoso, Jorge Molina, que tenían datos que conectaban a su celular con el sitio en el que, nueve meses antes, le habían disparado a un hombre. Las autoridades consiguieron esa información después de obtener una orden de registro que exigía que Google proporcionara información de todos los dispositivos que registró cerca del lugar del asesinato; así, capturó potencialmente la ubicación de cualquier persona en la zona.



Los investigadores también tenían otras pruebas circunstanciales, incluido el video de seguridad de alguien que disparó un arma desde un Honda Civic blanco, el mismo modelo que tenía Molina, aunque no pudieron ver la placa ni al atacante.

Sin embargo, después de que pasó casi una semana en la cárcel, el caso contra Molina se desbarató cuando los investigadores se enteraron de nueva información y lo liberaron. El mes pasado, la policía arrestó a otro hombre: el exnovio de la madre de Molina, que a veces usaba su auto.

Las órdenes, que se basaron en una enorme base de datos de Google que los empleados llaman Sensorvault, convierten el negocio de rastrear las ubicaciones de los usuarios de celulares en una red digital llena de pistas para la policía. En una época en la que las empresas tecnológicas recaban datos de manera generalizada, este solo es el ejemplo más reciente de cómo la información personal —adónde vas, quiénes son tus amigos, qué lees, comes y ves, y cuándo lo haces— se usa con propósitos que muchas personas jamás se imaginaron. A medida que las preocupaciones entre los clientes, los creadores de políticas y los reguladores han aumentado, las empresas tecnológicas se han sometido a un escrutinio cada vez más intenso sobre sus prácticas de recolección de datos.

El caso de Arizona demuestra la promesa y los peligros de esta nueva técnica de investigación, cuyo uso ha aumentado drásticamente en los últimos seis meses, según los empleados de Google que saben sobre las solicitudes. Aunque este recurso tecnológico podría ayudar a resolver delitos, también puede ser una trampa para personas inocentes.
Axact

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