Gokhan Saki es uno de esos deportistas a los que les gusta vestir bien y sentirse elegante, como Cristiano Ronaldo o Conor McGregor. Es uno de esos nuevos superhombres contemporáneos, mitad Príncipe de Gales mitad Aquiles, que saliendo de la nada lo han conseguido casi todo. Saki es uno de esos deportistas que saben que son buenos, y no tienen problemas en gritarlo a los cuatro vientos. Gokhan Saki decía que ya no encontraba retos en el kickboxing, donde había sido la estrella indiscutible durante la última década. Así que cuando se aburrió de ganarlo todo en K-1 (una variante del kickboxing), dejando en la lona a símbolos como Tyrone Spong, decidió probar con las MMA y aceptar la oferta de UFC, donde llegó el fin de semana pasado con la aureola de estrella. Como tal, prometió ganar por nocaut.

El nuevo reto para el luchador turco-holandés era aguantar asaltos de cinco minutos, que es lo que duran en MMA, en lugar de tres, que es lo que duran en kickboxing. Saki, además, tendría que lidiar con formas de luchar que en principio le eran ajenas y hacerlo con guantes de cuatro onzas, en lugar de diez. Lo bueno del kickboxing es que uno tiene un buen par de guantes para esconderse detrás y no tiene que preocuparse porque el rival lo derribe y lo someta con un estrangulamiento. Acostumbrado al K-1, Saki debía evitar a toda costa que su contrincante lo tirara al suelo e inutilizara su mejor baza, su kickboxing, o que le alcanzaran con unos guantes raquíticos.

Saki golpeando con su zurda para lograr el nocaut sobre Silva. (Foto: UFC)© Externa Saki golpeando con su zurda para lograr el nocaut sobre Silva. (Foto: UFC)
Mala suerte para Saki. Su rival sería Enrique da Silva, un luchador brasileño de 28 años, con 12 peleas en MMA, tan bueno con su muay thai como con su jiu-jitsu brasileño. Con seis años menos, con más alcance y más hábil con las luxaciones y los estrangulamientos, Saki no lo tendría fácil. Tenía menos pulmón, peor grappling y, para colmo, menos alcance, lo que quiere decir que, a igualdad de distancia, sería el turco-holandés el que se llevaría los golpes. Pero Saki no se arruga. Está acostumbrado a batirse en kickboxing con tipos veinte kilos más pesados que él. Sabe manejar la distancia como pocos y colocar sus golpes sobre los del rival. Pero sobre todo, Saki tiene una izquierda absolutamente demoledora.



Así empezó la pelea en la ciudad japonesa de Saitama. Saki y Silva salieron bien plantados, sin demasiado miedo a los golpes. A los cuarenta segundos, Silva se comió el primer recto de izquierdas que lo tumbó. Silva no se levantó e invitó a Saki a luchar en el suelo, envite que el turco-holandés no aceptó. Silva se levantó y continuó la pelea, que se convirtió en una pequeña montaña rusa con golpes por los dos lados en la que Saki mostró que sabe defender un derribo. A falta de treinta segundos del final, Saki empezó a flaquear y Silva empezó a conectar rodillas y codos. Pero el héroe es el héroe, y cuando Silva trataba de finalizar, Saki sacó una derecha sobre la misma derecha de Silva, y acto seguido un croché con la izquierda que puso a Silva a dormir. El árbitro paró inmediatamente la pelea para evitar daños mayores al luchador brasileño. Saki es un luchador de palabra. Prometió el nocaut y lo consiguió. Su impronta mediática, como su estilo, recuerda también a la de McGregor, así que la comparación en su aterrizaje ha sido inevitable.

Tan pronto se recuperó el luchador brasileño, Saki fue a abrazarle y mostrarle su máximo respeto, como tantas veces ha hecho en su carrera con sus rivales. Terminado el combate, Saki lució su querida bandera turca en un gesto que nos recuerda el peculiar mundo en el que vivimos. Saki nació en Holanda pero sus padres son turcos y él se siente tan turco como holandés. Su manager, Ali Fardi, llegó siendo un niño a Holanda donde hoy también triunfa como actor. Ambos viven en Dubai y tienen una relación especial con Japón, donde han conseguido grandes éxitos, primero en kickboxing y ahora en UFC. Ambos viven de este fascinante deporte global, donde se gana o se muere, y en el que las banderas se niegan a desaparecer.
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